El Rostre de les Oliveres
(El Rostro de los Olivos)
Pere Ferrer - José Sedano - Daniel Ferrer

 
 

Los historiadores en la antigüedad cuando se referían a los cultivos más característicos de la cuenca del Mediterráneo citaban el trigo, la viña y el olivo. En Mallorca, el olivo arraigó en los terrenos ariscos de las faldas de las montañas que conforman el perfil de la sierra de Tramontana. El olivo milenario nace del injerto sobre el pie de “ullastre”, arbusto silvestre que se tuerce sin romperse. El crecimiento del olivo de montaña es lento y penoso. Progresa en un suelo reseco y busca el substrato del subsuelo montañoso adentrando sus raíces entre las rendijas de la roca calcaría. Las ramas y las hojas son golpeados, de forma periódica, por las arremetidas del viento de Tramontana que aúlla como una bandada de lobos en las noches de tempestad.
En invierno les cae del cielo la helada que socorra las hojas más jóvenes. Las condiciones hostiles se transcriben en los troncos que se retuercen sobre si mismos como si quisieran expresar el sufrimiento de su existencia.
El paso del tiempo ha puesto de relieve las siluetas que se esbozan en los troncos: animales prehistóricos; primates, que precedieron el advenimiento de los homínidos; seres con una conformación contraria al orden natural donde conviven el hombre y la bestia.

La sensibilidad del objetivo de la cámara fotográfica ha captado los rostros de esta fauna que han quedado impresos en la leña del tronco a fuerza de vagar por los olivares durante les noches negras de los tiempos más remotos.

 
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